Rendirse al gusto

Contemplación. Nada más lindo que esta palabra y su significado. Simplemente, es potenciar nuestros sentidos para aquietar la mente y estar presentes. Hace un buen tiempo, de la mano de mi querido maestro de yoga, que lo práctico aunque sea unos minutos a diario. Sentir el aire, respirar, saborear y tragar, respirar profundo, escuchar un pájaro a lo lejos, oler el ambiente mientras sientes las distintas temperaturas en tu cuerpo y volver a respirar. Así, un recorrido continuo, de ida y vuelta, por tus sentidos hace que la ansiedad baje, tus pensamientos se aquieten y sientas una agradable sensación de paz mientras tu cabeza se despeja.

La disposición y el deseo bastan para entrar en este estado, mientras estas en cualquier actividad cotidiana. Sin manual ni parafernalia. De hecho, el simple acto de cocinar y comer resulta perfecto para la contemplación. Se pasea por todos los sentidos, desde observar los alimentos, sus formas, y mezclar sus variados colores. Tomar y sentirlos en tus manos. Oler el primer ingrediente que se comienza a cocinar, al último bocado de ese plato. Saborear llevando tu atención plena a esto: ¿dulce, salado, agrio, ácido, amargo? Sentir e identificar cada aliño en tu boca. Tomate tu tiempo. Mastica y come lento, deja el tenedor sobre la mesa para hacer una pausa. Además de contemplar estarás favoreciendo a la saciedad y disminución de la ansiedad por comer. Escucha como suenan los alimentos crujientes y más suaves, y como se desplazan por la boca hasta tragarlos y provocarte una pequeña sonrisa. En fin no es más que rendirse a los sentidos, al placer. Una sinfónica contemplación al alcance de todos y en cualquier comida.

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